El sueño del paraíso: un paseo hacia la eternidad.

En abril de 1861, Don Bosco tuvo un sueño que duró tres noches consecutivas. Lo llamó “el paseo al Paraíso” y lo compartió con sus jóvenes del oratorio con la sencillez y ternura que lo caracterizaban.

Todo comenzó como una excursión. Don Bosco se encontraba con sus muchachos en una gran llanura, cuando les propuso:

“¿Vamos a dar un paseo?”. Y uno de ellos respondió: “¿Al Paraíso?”. Todos se entusiasmaron: “¡Sí, vamos al Paraíso!”

Así comenzó el recorrido. Subieron colinas, cruzaron paisajes hermosos, y poco a poco el ambiente se volvió más luminoso, más sereno. En el camino, Don Bosco vio jóvenes que se quedaban atrás, algunos por cansancio, otros por distracciones. Algunos no podían seguir porque llevaban cargas pesadas: pecados, malas decisiones, falta de fe.

Pero los que perseveraban llegaban a un lugar indescriptible. Don Bosco lo describe como un jardín lleno de paz, alegría y luz. Allí estaban los santos, los ángeles, y sobre todo, los jóvenes que habían vivido con amor, fe y entrega. Uno de los muchachos le dijo:

“Aquí estamos porque fuimos fieles a Dios.”

Don Bosco despertó conmovido. El sueño le mostró que el camino al Paraíso no es fácil, pero es posible. Y que los jóvenes, si se les acompaña con amor, pueden llegar a la santidad.

REFLEXIÓN

En el artículo titulado “El gran premio de la esperanza: el Paraíso de Don Bosco”, publicado por el Boletín Salesiano de Don Bosco en Centroamérica, se destaca que para Don Bosco, el Paraíso no era una promesa lejana, sino una realidad concreta que se vivía desde aquí. En este artículo, se explica que Don Bosco hablaba del Paraíso como parte de la vida cotidiana. Frases como “Pan, trabajo y Paraíso” o “Un trocito de Paraíso lo arregla todo” eran comunes en sus casas salesianas. La alegría, la esperanza y la familiaridad con Dios eran signos de que el Paraíso comenzaba en el corazón de cada joven.

Esta visión es profundamente actual. En un mundo donde muchos jóvenes viven sin sentido, con angustia y soledad, Don Bosco nos recuerda que la santidad es alegría, y que el Paraíso no es evasión, sino la meta que da sentido a todo lo que hacemos.

Este sueño nos invita a caminar con esperanza. A no rendirnos cuando el camino se pone difícil. A acompañar a los jóvenes con paciencia, fe y ternura. Y sobre todo, a recordar que la vida tiene un destino eterno, y que cada paso que damos con amor nos acerca al Paraíso. Don Bosco soñó con el cielo, pero vivió con los pies en la tierra. Nos enseñó que el Paraíso comienza cuando vivimos con Dios, con alegría y con entrega.

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