El sueño de las dos columnas: La Iglesia entre la Eucaristía y María

La noche del 30 de mayo de 1862, Don Bosco reunió a sus jóvenes para compartir un sueño que, según él, había tenido “hace algunos días”. Lo narró con la humildad de quien sabe que los sueños pueden parecer irracionales, pero también con la convicción de que este tenía un profundo valor espiritual.

En el sueño, Don Bosco se encontraba en medio del mar, sobre un escollo aislado. Frente a él, una gran flota de barcos enemigos se preparaba para atacar una nave majestuosa, mucho más grande que todas las demás. Esta nave representaba a la Iglesia, y estaba comandada por el Papa. Los enemigos la rodeaban con cañones, fusiles, libros incendiarios, y todo tipo de armas. El mar estaba agitado, el viento era adverso, y parecía que la nave iba a naufragar.

Pero en medio de la tormenta, emergen del mar dos columnas gigantescas. Sobre una de ellas se encuentra la imagen de la Virgen Inmaculada, con la inscripción “Auxilio de los cristianos”. En la otra, más alta y robusta, se ve una Hostia consagrada, con la inscripción “Salvación de los que creen”.

El Papa, guiado por la Providencia, logra anclar la nave entre estas dos columnas. En ese momento, la tempestad se calma, los enemigos huyen, y la Iglesia se salva.

REFLEXIÓN

El sacerdote salesiano Marcelo Escalante Mendoza, SDB, en sus reflexiones sobre espiritualidad salesiana, afirma que la misión salesiana no es solo educativa, sino profundamente teológica y soteriológica: es una obra de salvación. En este contexto, el sueño de las dos columnas nos recuerda que la Iglesia solo permanece firme cuando se ancla en la Eucaristía y en María. 

Hoy, en medio de las tormentas que enfrentamos —confusión moral, relativismo, indiferencia religiosa— este sueño nos invita a volver al corazón de nuestra fe. La Eucaristía, como presencia real de Cristo, es alimento, fuerza y salvación. María, como Madre y Auxiliadora, es consuelo, guía y protección.

Este sueño no es solo una visión profética para la Iglesia universal. Es también una llamada personal. ¿Dónde está anclada nuestra vida? ¿En qué pilares sostenemos nuestra fe? ¿Acudimos con frecuencia a la Eucaristía? ¿Invocamos a María en nuestras luchas?

Don Bosco nos enseña que, incluso en medio de las peores tormentas, la fe no naufraga si está sostenida por estos dos pilares. Como educadores, padres, jóvenes o consagrados, estamos llamados a ser parte de esa nave que resiste, que no se rinde, y que confía en el poder de Dios y el amor de María.

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